Lo que lo hace
más doloroso es que me lo dijeron y no quise escuchar. Trataron de advertirme y
los mandé al carajo. Quizá sabía muy en mi interior que era doloroso y que la
probabilidad de lastimarme era muy alta. Pero no me importó porque había que
vivir el momento, dejarse llevar por la adrenalina y averiguar a donde me
llevaban las consecuencias. Así tenía que pasar y así pasó.
Estando ahí uno
no piensa en el futuro, simplemente hace las cosas por hacerlas. Era un juego
solamente, ¿Desde cuando una inocente persecución es peligrosa?
Pues si lo es. Te
lo digo desde el piso, con ríos carmín corriendo por toda mi cara y uno de mis ojos
punzando de dolor.
Nada me hizo
sospechar que algo saldría mal, así somos los niños, creemos que la felicidad
es algo constante y si algo la interrumpe hacemos lo que sea con tal de
recuperar su curso.
–Ya
deja eso y hay que jugar algo – me dijiste quitándome el papel periódico que
estaba sobre mi mesa.
–No,
es divertido hacer papel maché – respondí.
–Pues
a ver como le haces sin el periódico – me retaste burlón.
–¡Ya,
devuélveme eso! – amenacé levantándome de un salto.
–Pues
ven por él – dijiste y te echaste a correr guardando el papel bajo el brazo.
–¡Raúl,
ya basta! – y corrí detrás de ti como una estúpida, con las tijeras en la mano.
No hace falta dar
detalles del resto. Después de algunas vueltas por el salón fui a dar al piso
cuando la hebilla de mi zapato se atoró con una mochila que estaba tirada por
ahí. Fueron fracciones de segundo pero juro que mientras caía pensé en lo tonta
que había sido la idea de participar en aquel juego.
Cuando uno cae al
suelo puede amortiguar bastante la caída si tiene suerte y está dotado de unos
excelentes reflejos que le permitan poner las manos a tiempo para evitar lesiones graves. En
mi caso, los excelentes reflejos fueron mi cruz. Lo malo de los reflejos es que
son eso: reflejos, impulsos que no se piensan. Y bueno, mi impulso de poner las
manos para no estamparme la cara contra el piso hubiera sido un gran acierto de
no ser por las malditas tijeras.
Sentí como el
filo del metal penetraba mi córnea de una sola vez y grité, me solté llorando.
Me había lastimado en otros lugares pero en ese momento el protagonista era mi
ojo y mi cerebro no tenía tiempo de pensar en el dolor de otras partes del
cuerpo. Supongo que debió ser muy interesante ver como un lagrimal llora y sangra al mismo
tiempo. Ojalá hubiera sido otra y no yo para poder ver la escena desde fuera.
Ahora desde el
piso reflexiono las cosas una y otra vez mientras vuelvo a llorar, vuelvo a sangrar
y me vuelvo a lastimar. Creo que puedo ver las cosas con mayor claridad.
Siempre pensé que mi error era haberte perseguido, haber ido detrás tuyo. El
problema es que estaba equivocada. En realidad, correr no fue lo que estuvo
mal. Mi equivocación fue el pensar que en esta historia tú eras Raúl, cuando
siempre fuiste las tijeras.
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