viernes, 17 de marzo de 2017

Inocente persecución

Lo que lo hace más doloroso es que me lo dijeron y no quise escuchar. Trataron de advertirme y los mandé al carajo. Quizá sabía muy en mi interior que era doloroso y que la probabilidad de lastimarme era muy alta. Pero no me importó porque había que vivir el momento, dejarse llevar por la adrenalina y averiguar a donde me llevaban las consecuencias. Así tenía que pasar y así pasó.
Estando ahí uno no piensa en el futuro, simplemente hace las cosas por hacerlas. Era un juego solamente, ¿Desde cuando una inocente persecución es peligrosa?
Pues si lo es. Te lo digo desde el piso, con ríos carmín corriendo por toda mi cara y uno de mis ojos punzando de dolor.
Nada me hizo sospechar que algo saldría mal, así somos los niños, creemos que la felicidad es algo constante y si algo la interrumpe hacemos lo que sea con tal de recuperar su curso.
Ya deja eso y hay que jugar algo – me dijiste quitándome el papel periódico que estaba sobre mi mesa.
No, es divertido hacer papel maché – respondí.
Pues a ver como le haces sin el periódico – me retaste burlón.
¡Ya, devuélveme eso! – amenacé levantándome de un salto.
Pues ven por él – dijiste y te echaste a correr guardando el papel bajo el brazo.
–¡Raúl, ya basta! – y corrí detrás de ti como una estúpida, con las tijeras en la mano.
No hace falta dar detalles del resto. Después de algunas vueltas por el salón fui a dar al piso cuando la hebilla de mi zapato se atoró con una mochila que estaba tirada por ahí. Fueron fracciones de segundo pero juro que mientras caía pensé en lo tonta que había sido la idea de participar en aquel juego.
Cuando uno cae al suelo puede amortiguar bastante la caída si tiene suerte y está dotado de unos excelentes reflejos que le permitan poner las manos a tiempo para evitar lesiones graves. En mi caso, los excelentes reflejos fueron mi cruz. Lo malo de los reflejos es que son eso: reflejos, impulsos que no se piensan. Y bueno, mi impulso de poner las manos para no estamparme la cara contra el piso hubiera sido un gran acierto de no ser por las malditas tijeras.
Sentí como el filo del metal penetraba mi córnea de una sola vez y grité, me solté llorando. Me había lastimado en otros lugares pero en ese momento el protagonista era mi ojo y mi cerebro no tenía tiempo de pensar en el dolor de otras partes del cuerpo. Supongo que debió ser muy interesante ver como un lagrimal llora y sangra al mismo tiempo. Ojalá hubiera sido otra y no yo para poder ver la escena desde fuera.
Ahora desde el piso reflexiono las cosas una y otra vez mientras vuelvo a llorar, vuelvo a sangrar y me vuelvo a lastimar. Creo que puedo ver las cosas con mayor claridad. Siempre pensé que mi error era haberte perseguido, haber ido detrás tuyo. El problema es que estaba equivocada. En realidad, correr no fue lo que estuvo mal. Mi equivocación fue el pensar que en esta historia tú eras Raúl, cuando siempre fuiste las tijeras.

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