- ... entonces la luz viaja a través del vacío y ... - explicaba una compañera a toda la clase.
- ¿Ah, si? Explíquennos señorita, ¿Qué es el vacío? - interrumpió el profesor de manera retadora.
- Es el espacio que no tiene nada - se adelantó a responder un compañero.
- Ausencia de materia - dijo otro más con aire de superioridad.
...
...
...
Ahí me perdí yo, pues me quedé pensando en aquella interrogante.
Vacío.
Piénsalo conmigo por un momento.
"Vacío", la palabra retumba como corazón acelerado dentro de mi cabeza.
Vacío, vacío, vacío.
Nada. Espacio sin nada. Hueco.
Ni aire, ni tierra, ni fuego ni nada. NADA.
Por alguna razón la palabrita me perfora el pecho como si fuera un taladro.
No cuento en mi cerebro con una definición enciclopédica para explicarla, sin embargo sé como se siente. Porque de algún modo me describe en este momento, me queda a la perfección, me la pongo con delicadeza y cautelosamente. Me la pongo porque sí, me queda, pero yo quisiera que no.
Me parece una cruel ironía. Vacío. Si, claro. Asquerosa y sarcástica palabra. Que alguien me explique entonces si es tan "vacío" porqué me hace sentir tan llena de todo lo que no quiero sentir.
No quiero sentir pero no puedo dejar de hacerlo, es imposible quedarse como sin nada, pretender ser un maniquí ante otros para demostrar que uno es fuerte. Ponerse el antifaz para que los demás crean que estás bien, que eres guerrera, que no te importa lo que pasó. Bah.
Hoy quiero decirte que SÍ me afecta, SÍ me duele, SÍ te lloro. Y no pretendo ni siquiera que te enteres. Esto no se trata de ti, se trata de mí, de las personas que a veces olvidamos que podemos decidir hasta donde dejar pasar a otros a nuestra vida, que tenemos derecho a sentir. A fin de cuentas no tiene nada de malo, a todos nos pasa.
Como sea, el reloj llega a las 11:00 a.m y me quedo con todo esto dándome vueltas, mareándome.
Camino por el pasillo y me cruzo con tu mirada ...
- Hey! ¿Cómo estás? - me preguntas cabizbajo.
Te miro fijamente, levantó mi ceja derecha y respondo:
- Vacía, muy vacía.
Me doy la media vuelta y me voy para nunca más volver. O mejor dicho, para no dejarte volver jamás.
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