Me gusta estar contigo. Me gusta como nos pasamos los días juntos, los más felices, los más complicados. Ya tenemos años el uno al lado del otro y nos hemos llegado a conocer y entender bastante bien.
Te sabes de memoria mis costumbres y gustos y yo me he aprendido el significado de cada uno de tus gestos y pucheros. Te enteras de inmediato cada vez que algo me sucede y viceversa, además somos los primeros en tratar de ayudarnos a mejorar la situación del otro, cada uno a nuestra manera.
Ese día estaba recostado en tus piernas pensando en el frío que hizo aquella mañana, en serio es una fortuna que me dejes compartir tu cama. Tú acariciabas mi oscura espalda mientras me platicabas cosas que te pasaron en tu trabajo, mencionaste que tu amiga Clara vendría al día siguiente a desayunar, que le ayudarías a hacer algunos preparativos de su boda. "No sabe en lo que se está metiendo", me dijiste con una sonrisa triste en el rostro.
Me encantaba eso. Fui, era y seré fanático de tu voz por siempre.
Y así estábamos los dos, yo escuchando y tú hablando sin parar. Y así era perfecto, así éramos felices.
De pronto lo escuché llegar, abandoné el sillón de un salto y volví a tu recámara mientras tú corrías a la cocina a servirle la cena antes de que él te lo pidiera y se enfureciera contigo otra vez.
Nunca me agradó. Desde la primera vez que fue a visitarte a casa de tus padres supe que no iba a terminar bien nada de esto pero nunca me imaginé que terminaría de esta manera. Intenté decírtelo muchas veces pero tú no quisiste escuchar, creías que te hacía feliz, que era el hombre de tu vida, el príncipe del cuento.
Cuando te casaste con él casi logra separarnos, ¿Lo recuerdas?. Dijo que él no quería que un estúpido animal estuviera dando vueltas por su casa haciendo destrozos y ensuciando todo. Tuvimos que convencerlo de que solo requiero de mi caja de arena para no dejar sorpresitas por ahí. Le estuviste rogando por días con el argumento de que tú te encargarías de mí completamente y que él no tendría que preocuparse por nada, fuiste tan persistente que no tuvo más remedio que aceptar y nos mudamos de casa los tres juntos.
Al principio todo iba bien, nada importante. Pero desde la primer escena de enojo que te armó no ha parado, se ha vuelto cada vez más frecuente. No entiendes porqué ni yo tampoco, solo sé que ya no eres la misma chica enamorada de antes, ahora le tienes miedo. La última vez te dejo un bonito tatuaje de su mano en tu mejilla, nadie se dio cuenta porque te las arreglaste para esconderlo con maquillaje pero a mí no puedes mentirme, yo estuve ahí.
Me siento mal cuando te culpas y lo justificas con pretextos tontos. ¿Cómo explicarte que esto cada vez se parece más a un infierno y que no tienes ninguna necesidad de permanecer aquí?
En fin, ahí estaban tus manos temblorosas sirviendo comida en un plato. No pude escuchar con claridad lo que decía pero empezó a reclamarte de nuevo y su tono de voz aumentaba de volumen cada vez más. Yo también me ponía nervioso cuando esto ocurría pero esa vez estaba preparado.
Ambos estaban sentados en el comedor, tú a su lado derecho y él de espaldas a una bonita vitrina de cristal donde guardabas la vajilla cara que tu madre te había regalado y algunos otros trastes y jarrones. Te gritaba por todo y nada. En realidad no necesitaba una razón válida, el punto era hacerlo y ya, supongo que para reafirmarse a sí mismo su papel de macho dominante o algo así.
Caminé sigiloso hacia la vitrina mientras él seguía con el alboroto y tú con tu mirada de espanto, con los ojos en blanco. Me metí dentro del mueble por una de las puertas corredizas que me aseguré de dejar abierta y con cuidado trepé hasta la repisa más alta como muchas veces había hecho y me quedé ahí, observando como siempre.
El seguía vociferando cosas y cuando intentabas responderle algo te callaba gritando aún más fuerte, golpeaba la mesa quejándose de lo que fuera. En una de esas se te ocurrió mencionar que no era para tanto y que debería calmarse, lo cual despertó a la bestia que esperaba el momento oportuno para salir y golpearte, demostrando quién mandaba ahí. Te miró fijamente frunciendo el ceño, respirando rápido por la nariz y así, sin más y con un rápido movimiento de brazo, tiró el plato y demás trastes al piso provocando un sobresalto tuyo, ya que no te lo esperabas. Se levantó de su silla al igual que tú, él por rabia y tú por instinto. "No Victor, perdóname, no quise decir eso, por favor no", suplicabas llorosa.
Eso era lo que pasaba con ustedes, pero entre tanto yo me esforzaba en recargar todo mi peso en el cristal una y otra vez, haciendo que la vitrina se inclinara hacia adelante. Y justo en el momento en que se dirigía hacia ti para lanzarte contra la pared ... ¡CRASH! El mueble y yo caímos sobre él, tú pudiste quitarte gracias a tus atinados reflejos y no te tocaron más que algunos pedazos de vidrio que saltaron hacia ti. Pero él ... digamos que no pudo vivir para contarlo.
Su tosco cuerpo emanando sangre y aplastado con lo que quedó de una vitrina. Trozos de vajilla por todas partes, tú histérica, por supuesto y yo con filosos adornos encajados en todo mi cuerpo. No fue nada agradable para ninguno aunque debo admitir que me sentí bastante satisfecho al saber que no te volvería a tocar nunca más, aunque mi séptima vida haya tenido que pagar el precio de sus platos rotos.
Ambos estaban sentados en el comedor, tú a su lado derecho y él de espaldas a una bonita vitrina de cristal donde guardabas la vajilla cara que tu madre te había regalado y algunos otros trastes y jarrones. Te gritaba por todo y nada. En realidad no necesitaba una razón válida, el punto era hacerlo y ya, supongo que para reafirmarse a sí mismo su papel de macho dominante o algo así.
Caminé sigiloso hacia la vitrina mientras él seguía con el alboroto y tú con tu mirada de espanto, con los ojos en blanco. Me metí dentro del mueble por una de las puertas corredizas que me aseguré de dejar abierta y con cuidado trepé hasta la repisa más alta como muchas veces había hecho y me quedé ahí, observando como siempre.
El seguía vociferando cosas y cuando intentabas responderle algo te callaba gritando aún más fuerte, golpeaba la mesa quejándose de lo que fuera. En una de esas se te ocurrió mencionar que no era para tanto y que debería calmarse, lo cual despertó a la bestia que esperaba el momento oportuno para salir y golpearte, demostrando quién mandaba ahí. Te miró fijamente frunciendo el ceño, respirando rápido por la nariz y así, sin más y con un rápido movimiento de brazo, tiró el plato y demás trastes al piso provocando un sobresalto tuyo, ya que no te lo esperabas. Se levantó de su silla al igual que tú, él por rabia y tú por instinto. "No Victor, perdóname, no quise decir eso, por favor no", suplicabas llorosa.
Eso era lo que pasaba con ustedes, pero entre tanto yo me esforzaba en recargar todo mi peso en el cristal una y otra vez, haciendo que la vitrina se inclinara hacia adelante. Y justo en el momento en que se dirigía hacia ti para lanzarte contra la pared ... ¡CRASH! El mueble y yo caímos sobre él, tú pudiste quitarte gracias a tus atinados reflejos y no te tocaron más que algunos pedazos de vidrio que saltaron hacia ti. Pero él ... digamos que no pudo vivir para contarlo.
Su tosco cuerpo emanando sangre y aplastado con lo que quedó de una vitrina. Trozos de vajilla por todas partes, tú histérica, por supuesto y yo con filosos adornos encajados en todo mi cuerpo. No fue nada agradable para ninguno aunque debo admitir que me sentí bastante satisfecho al saber que no te volvería a tocar nunca más, aunque mi séptima vida haya tenido que pagar el precio de sus platos rotos.